Melancolía de la ciudad
He aquí un vaticinio: mientras el arte exista jamás se resolverá el malentendido de la melancolía. Quizás porque la contemplación de una fotografía triste nos proporciona placer, pensamos que las tardes grises resultan indispensables. Y, quizás porque la mayor parte de los sentimientos profundos que el ser humano experimenta le ponen en contacto con una realidad terrible, se dice que el cometido del arte consiste en hacer hermosa la tristeza, en cubrirla de nieve geométrica, en permitir su disfrute con lágrimas suaves. Escribe Primo Levi en El sistema periódico: “evocar una angustia con el ánimo ya tranquilo, serenamente sentados ante el pupitre, es fuente de profunda satisfacción”.
Pero la melancolía no trae sentimientos leves. La melancolía es un estado de ánimo cuya respiración ha sido humillada por el absurdo. Cuando se nombra la melancolía del atardecer en un callejón, cuando se la invoca en el solitario banco de un parque, cuando se la espera en una fábrica arruinada, viene a la mente la tristeza placentera, esa nostalgia que, sí, nos hace añorar algo perdido pero nos colma de dicha al indicar que aún estamos vivos.
Pero es mentira. Lo que importa es deshacer el malentendido por un momento, y pensar en la posibilidad de una ciudad enteramente melancólica. Porque si durante la melancolía al enfermo le faltan las energías para encarar el porvenir con esperanza; si durante la postración, las cosas y los objetos y las personas y los proyectos dejan de tener un significado; si, en fin, la melancolía le vara al hombre en un naufragio, la ciudad melancólica no puede ser más que un puñado de calles indiferentes a la piedad de sus habitantes.
Eso sería la ciudad melancólica: un contenedor sin pasión. Un laberinto señalizado en cada cruce. Una sombra que no mitiga el calor. La ciudad melancólica no sería fría sino indolente. No permitiría la escasa pasión de los lánguidos. No ayudaría a los escultores proporcionándoles deshechos industriales para sus obras. Arriesguemos una conclusión: entender los gestos y los caprichos de la ciudad melancólica supone el primer paso para alinearse con un destino terrible. Así es la melancolía, una capa de óxido que jamás muere.
Roberto Valencia

 

 



 

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