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Ioseba Eceolaza Latorre

cenlit

 

 

     

Hace unos cuantos años que las palabras me unen de manera muy especial a Ioseba. Son éstas, el único y valioso recurso de que dispongo para atraer la mirada del lector a la ventana de la poesía aquí recogida.

Se trata de una ventana abierta de par en par, atravesada por la luz y la oscuridad, que no disimula el calor ni oculta el frío. Cuando uno se encuentra frente a ella, no hay nada que impida contemplar un paisaje dibujado de forma atrevida, desafiante y frágil. En éste, se reconoce una belleza que nace de los aspectos simples y trascendentes de la vida. Ambos fluyen y convergen de tal manera que al final acaba resultando obvio que uno y otro se necesitan para poder sobrevivir.

En estos versos, el autor nos hace partícipes de una defensa apasionada del legado que nos dejaron aquellos que intentaron en la larga noche de la guerra abrir esta misma ventana y no encontraron la luz sino una profunda oscuridad a la que se negó incluso el derecho a ser vista. Por ello, imagino en este lugar cristales rotos esparcidos por el suelo que son testigos mudos de tantos intentos fallidos y desesperados de abrir nuevos espacios de libertad.

Al mismo tiempo, lo cotidiano lo incorpora no como un elemento superficial sino de manera natural y fresca, revelándose ante la categoría dogmatica o divina que adquieren determinadas maneras de entender e interpretar la vida.

Por ello, esta poesía se convierte en el reflejo de una suma de palabras apuntadas en la servilleta de cualquier bar. El mensaje es ofrecido de manera generosa por su autor y puede adquirir de inmediato un carácter universal y trascendente, pero nunca dejará de ser precisamente eso, un trozo de servilleta que permanecerá marcado por la huella de un buen encuentro.

Es así como mejor imagino la lectura de la poesía de Ioseba, en su compañía y en cualquier lugar cuya virtud no sea otra que la de facilitar el encuentro entre ambos. Un simple alto en el camino que nos permita brindar y respirar hondo antes de arrojar al aire mil palabras que echen a volar y se unan en esa danza a tantas otras que surgen de encuentros y lugares similares, inundando todas juntas el vacío que a veces ahoga nuestro entorno y que finalmente se dejen caer al suelo con estrépito, golpeando la tierra fuertemente para arrancar de ella todas las historias que todavía se ocultan en su interior.

Esta poesía sólo puede ser entendida desde el vértigo que provoca fijar la vista en horizontes imposibles. Estos versos son una llamada fuerte y clara a abrir puertas y ventanas, a no tener miedo a respirar un aire distinto al habitual, a dejar que nuestro espacio sea invadido por una luz que nos permita iluminar los rincones oscuros de la casa que habitamos. A creer en el derecho legítimo a exigir claridad precisamente ahí donde la oscuridad se impone bajo la atenta mirada de aquellos que quieren deformar el presente para convertirlo en un elemento predecible e indiferente.

El libro que tiene en sus manos es la respuesta a una necesidad vital que lleva al autor a buscar ciertas miradas cómplices, a mantener la impostura más irreverente, a mostrar la sutileza más amable, a plantear las reflexiones más inmediatas y en definitiva a asegurarse de que la ventana permanezca bien abierta mientras pisa inevitablemente los pequeños trozos de los cristales rotos.

Mikel Córdoba Gavín

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